Meson de Cándido

Los jueves del ‘plato único’ del Mesón de Cándido (I parte)

Los jueves del ‘plato único’ del Mesón de Cándido (I parte)

Resulta curioso echar la vista atrás y comprobar la naturaleza tan dispar de todas las cosas que han sucedido en nuestra casa. Hoy queremos escribir en este blog algo que, seguramente, recordarán las generaciones más veteranas de nuestro país. Nos referimos a una orden gubernamental que establecía el día del ‘plato único’. Fue el 11 de noviembre de 1936 cuando el Mesonero Cándido se enteraba del dictado de esta orden por parte del –entonces- gobernador General de Valladolid.

 Pocos meses después del estallido de la Guerra Civil Española, esta medida recaudatoria –la del ‘plato único’- establecía la obligatoriedad de que hoteleros, dueños de cafés y bares, cervecerías y gremios de cafés de 0.30 (¡en aquella época había cafés de 30 céntimos!) que sirvieran comidas (menús o a la carta), contribuyeran, un solo día de la semana, con el 50% de importe de cada comida y el 40% del importe de la pensión completa, en el caso de tratarse de un alojamiento.

 Nacía así el día del ‘plato único’ y, en Segovia, las autoridades competentes decidieron que fuera el jueves, aprovechando que era el día de mercado y que los establecimientos hacían mucha más caja. ¡Y ahí estaba el Mesonero Cándido, en la complicada tesitura de ponerse en la piel de sus comensales y, al mismo tiempo, cumplir con su deber! Porque la normativa establecía que el comensal pagara el cubierto completo, pero se le sirviera un solo plato del menú. Es decir, comía menos, pero pagaba lo mismo.

 Y esto se sucedía así, tanto en las comidas del mediodía, como en las cenas de la noche. Ningún negocio podía incumplir la norma, y eso obligaba a estar especialmente alerta. Porque el Mesonero Cándido y su mujer Patro no quitaban ojo a la clientela, especialmente a aquella con “apariencia de funcionarios”, como decía el Mesonero. Todos parecían inspectores –los inspectores del ‘plato único’- y solo de pensar que estuvieran en su casa de incógnito, Cándido y Patro se echaban a temblar. (Continuará).

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